domingo, 25 de diciembre de 2011

El saco de plumas

Un hombre había calumniado a un amigo por envidia.

Tiempo después se arrepintió, y visitó a un hombre sabio a quien dijo:

- "Quiero arreglar el mal que hice a mi amigo. ¿Cómo puedo hacerlo?".

El sabio respondió:
- "Toma una bolsa llena de plumas y suelta una a una por el camino que vayas. Luego vuelve".

El hombre muy contento, por aquello tan fácil, tomó un saco lleno de plumas y al cabo de un día las había soltado todas.

Volvió donde el sabio y le dijo:
- "Ya he terminado".

El sabio contestó:
- "Ya hiciste la parte más fácil. Ahora debes volver a llenar el saco con las mismas plumas que soltaste. Sal a la calle y búscalas".

El hombre se sintió muy triste y, aunque lo intentó, no pudo juntar casi ninguna.

Al volver, el hombre sabio dijo:
- "Así como no pudiste juntar de nuevo las plumas que volaron con el viento, así mismo el mal que hiciste voló de boca en boca y el daño ya está hecho. Lo único que puedes hacer es pedir perdón a tu amigo, pues no hay forma de revertir lo que hiciste".

MORALEJA: Cometer errores es de humanos y de sabios pedir perdón.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Otra Navidad

Estaba solo pero libre, solo pero él, solo en su calma de vivir; entonces sintió pena por los que necesitaban la Navidad para fingir su alegría.

Le gustaba la noche de la ciudad vestida de luciérnagas de colores. La Navidad traía el agridulce recuerdo de la infancia, mezcla de ilusión y decepción. Ese momento en que hay que sentirse feliz, compartir bondad, consumir regalos, comer turrón y, sobre todo, no estar solo. Pero él estaba solo. Era la primera Navidad sin su mujer. No se acordaba muy bien en ese momento si había muerto tras una misteriosa enfermedad o partió para un largo viaje o se fugó con un torero que quedó en paro tras clausurar las corridas. Tampoco le importaba mucho el por qué. Tan solo sentía que el transcurrir de su vida había cambiado de raíz. Cuando ella estaba le tranquilizaba el trajín diario en el hogar.

De hecho, eso era el hogar. Una presencia de alguien con quien compartir un cotidiano automático. Sobre todo porque una vez apagadas las cenizas de una antigua pasión las fricciones de convivencia apenas molestan. Y su mujer no era una señora chapada a la antigua, de esas siempre encima del marido, sino que era activa, le interesaban más cosas que a él, hacia amistades y concebía proyectos. Sí, decididamente le faltaba, no tanto como ella sino como ambiente climatizado. Le costó un tiempo acostumbrarse. Tal vez fuera por su solitario trabajo. Se había acogido a una ventajosa prejubilación en el banco y completaba su peculio como asesor financiero, pero con la crisis y la informatización de la Agencia Tributaria la gente no estaba para invertir ni defraudar, sólo intentaba mantener a flote sus ahorros. Pocos venían al despacho que montó en un rincón de su piso. Su consulta se solía hacer por internet, salvo cuando salía algún trabajillo medio legal. Aun así, entre la pensión y lo que caía del analfabetismo económico del personal, iba tirando para lo poco que gastaba.

¿Con quién lo iba a gastar? Porque no hay nada más triste que consumir solo. Y su único hermano había vuelto a emigrar a Alemania, como en los buenos tiempos del desarrollismo. No es que le fuera muy bien, pero había trabajo para profesionales que aceptaran cobrar menos por hacer más. La Merkel se lo había montado bien: o trabajas sin rechistar o te dejo sin euro y allá te las arregles. ¿Y quién era el guapo que volvía a la peseta? A él no le afectaba mucho, porque ya había ajustado su consumo a sus ingresos, cultivaba tomates y verduras en su terraza, recogía enseres por calles y mercados, participaba en redes de trueque y se había apuntado a una cooperativa de consumo. No le daba vergüenza porque había cantidad de gente que lo hacía. Pero la gente no se enrollaba. Hacían su cosa y se iban. Y los tomates se los plantaba él, los cuidaba él y se los comía él. En fin, que también transitaba solo por las sendas de la economía alternativa.

De modo que optó por formas más tradicionales de buscar compañía, o sea ligar. Apenas empezaba la sesentena y estaba de buen ver, gracias a que no bebía whisky y a los genes de su mamá. Incluso tenía pelo. Había una discoteca bien que se especializaba los jueves en maduritas y barrigones. Ahí fue un par de veces. La visión de abundantes carnestolendas jugando a jovencitas con mini junto a manadas de vejestorios rezumando Viagra le desanimó de entrada. Y de salida fue buscando alguna prostituta ocasional. Le sirvió como sexo breve, pero su problema no era el sexo. Sus necesidades eran ya limitadas y su excitación menguada por la amenaza del sida y la obligatoriedad del condón. Además, no hay nada más solitario que el sexo con prostitutas porque se trata de una doble soledad tarifada por macarras. Pensó en agencias matrimoniales pero en realidad él no se quería casar porque con lo que tenía le alcanzaba para él pero no para vete a saber quién que roncara a su lado. Decididamente, lo que se construye en muchos años es difícil de sustituir deprisa y corriendo.

Bueno, quedaban los amigos. Pero ¿cuáles? No había muchos y los realmente existentes pasaban su tiempo entre cónyuges de distintas épocas, nietos y oscuras actividades de las que nadie se entera. Le hubiera gustado tener a sus nietos cerca. Pero sus dos hijos vivían lejos, uno en Nueva York con su pareja gay, el otro con una desmesurada lechera danesa de donde emergieron con dificultad dos querubines rosados como cerditos que le decían cosas dulces pero ininteligibles cada vez que los visitaba en Aarhus. De modo que entre eso y el frio invernal prefería reunirse con ellos en el verano de la Costa Brava.

Tal era su sentimiento de abandono que pensó en animales domésticos. Le gustaban los perros pero estos animalitos se hacen tan dependientes de sus amos que rompe el corazón dejarlos un tiempo e incluso se pueden enfermar. Y él quería viajar de vez en cuando, era su última esperanza de conexión con el mundo. Le recomendaron gatos, animales auto-suficientes, inmunes a la afectividad. Pero nunca le gustaron los gatos, tal vez porque cuando era pequeño le arañó una gata zalamera. Y francamente depositar su necesidad de compañía en una tortuga le pareció excesivo.

Así que vivía solo y solo deambulaba por las calles festivas repletas de gentes afanadas en comprar regalos envueltos en sucedáneos de felicidad. No tenía a quién regalarle y nadie le regalaría. Se dio cuenta. Estaba verdaderamente solo, nadie en su entorno, solo con su soledad. Y de repente sintió una serenidad extraordinaria, una libertad ilimitada. Solo, sí, pero porque así quería estar. Solo porque no aceptaba simular la compañía. Solo porque no quería soportar discursos huecos, ni creer en promesas falsas. Solo porque era auténtico, era él, era una persona, no un monigote de papel de cartas, ni un familiar de deberes prescritos. Solo pero libre, solo pero él, solo en su calma de vivir.

Entonces sintió pena por quienes necesitaban la Navidad para fingir su alegría.
Fuentes:
Canción triste de Navidad
Canción triste de Navidad

miércoles, 14 de diciembre de 2011

La perra. Capítulo 2

El inicio de esta historia es: La perra <=Clic


Hacía tiempo que salíamos, así que propuse convivir en pareja y nos fuimos a mi casa.

Como a la semana dijo que la perra perdía pelo y ensuciaba las cobijas.
Ella la había autorizado a dormir a los pies de la cama un día de frío, pero debí reconocer que algo de razón tenía.
Aclaro que "Ella" tiene nombre y apellido, aunque no lo menciono por discreción. A la perra sí porque no va a leer esto, y su nombre era "Negra", tal como relato el encuentro ACÁ. <=Clic
Retomo y sigo: Puse un cartón de unos 25 cm de alto en la puerta y me acosté alerta. Cuando vino detrás -y justo en el momento que lo saltaba- dije: "¡No! Fuera".
Al instante saltó nuevamente hacia afuera y se quedó mirándome desde atrás de la valla. Agregué: "¡Muy bien, muy bien! Fuera".

Pero "Ella" no quedó conforme y, a los pocos días, se quejó porque para entrar a la pieza había que levantar la pata.
Nuevamente reconocí que que algo de razón tenía.
Quité la valla de cartón y la Negra permaneció fuera de la habitación. Aproveché para decirle: "¡Muy bien, muy bien! Fuera".

A los pocos días, "Ella" volvió a quejarse porque había pelos en la cocina y la perrita hacía sus necesidades en el patio. Quería que la abandonara por ahí; entonces preparé el mate para amenizar la charla y este -masomeno- fué el diálogo:

ELLA: Llevala por ahí, bastante lejos y que se arregle. Acá es un incordio.
YO: La rescaté de esa situación y censuro a quienes abandonan una mascota. ¿Como podría imitarlos?
ELLA: ¡Dejate de joder. Es un perro!
YO: La perra estaba desde antes, sin embargo nunca se quejó.
ELLA: ¡Porqué no puede!
YO: Puede. De hecho te aceptó y brindó su afecto desde el primer día. Lo podía haber mezquinado y ningunearte.
ELLA: ¡Dejate de joder! ¿Vas a defender a la perra o a mí?
YO: Pretendo defender lo justo y equitativo.
ELLA: ¡Basta: La perra o yo!
YO: Así planteado no me dejás salida.
ELLA: Repito; la perra o yo.
YO: No me obligues a tomar una decisión. Podría darte una respuesta que no sea de tu agrado.
ELLA: No podés elegir a la perra, yo soy más importante.
YO: ¿Más importante?
ELLA: Decidite, la perra o yo.
YO: Insisto en que no me obligues a tomar una decisión. Pensá (y pensalo profundamente), que podría darte una respuesta desagradable.
ELLA: Bueno, acabala, la perra o yo.
YO: La perra.
ELLA: ¿Y que vamos a hacer con la perra?
YO: No vamos a hacer. Voy a hacer. La perra se queda.
ELLA: ¿Y yo?
YO: Tenés dos opciones: Aprendés a convivir con la perra y conmigo o te vás.
ELLA: Con la perra no quiero saber nada, y si no me defendés, con vos tampoco.
YO: Entonces tenés una sola salida. Irte.

(Ya la discusión se ponía tensa).
ELLA: ¡Yo, de acá, no me voy!
YO: Nuevamente tenés dos opciones: O te vas como una señorita francesa por las buenas, o por las malas te saco a patadas en el culo.
ELLA: No me voy a ninguna parte. Ni lo sueñes.
YO: Podés tomar tus cosas, subir al auto del lado del acompañante y te llevo donde digas o...
ELLA: ¿O qué...?
YO: ...te quiebro por la mitad, te meto en el baul del coche y te tiro en un descampado.
ELLA: ¿Me estás amenazando?
YO: No es una amenaza, es el aviso de lo que va a ocurir.
ELLA: ¡No te atreverías!
YO: (Levantándome de la silla). ¿Querés probar?
······················
ELLA: ¿Me llevás a la casa de mi vieja?
YO: Como no.
ELLA: ¿Puedo juntar mis cosas?
YO: (Sentándome) Obvio.
ELLA: ¿Lo dejamos para mañana o pasado?
YO: Ya nó. Llegamos muy lejos. No hay marcha atrás.
······················


PD: Todos los comentarios son bienvenidos. Incluso los que versen sobre "violencia de género".

domingo, 11 de diciembre de 2011

La perra

Cuando cae un chaparrón en la Provincia de Misiones, las rutas se tornan resbaladizas.
Para evitar un accidente, paré a un costado del camino para cocinar un par de churrascos y almorzar.
Encendí la garrafita y coloqué la plancha con la carne arriba.

Apareció de entre los matorrales moviendo la cola, pero tenía miedo y no se acercaba a menos de un par de metros, aunque mostraba su alegría (?) corriendo en círculos.
Solo era el esqueleto -de unos dos o tres meses- de un perro forrado por cuero, pero no aceptaba que me arrimara a acariciarle.
Tomé el bife de la plancha y se lo ofrecí. No vino, entonces lo arrojé a dos metros de donde me encontraba y casi no tocó tierra. Lo devoró en un santiamén.
Puse el segundo -y último- trozo de carne en la plancha porque yo, también, tenía hambre.
Me miraba conservando las distancias, y en sus ojos creí entender que lo necesitaba más que yo. Hice de tripas corazón y se lo dí, estimando que podría parar en algún comedor más tarde, pero ese bicho lo precisaba realmente.
Subí al camión y preparé el mate para distraer mi apetito. Cuando escampó, puse en marcha el motor para continuar viaje y apareció nuevamente, moviendo la cola y ladrando, al lado de la puerta.
¡Me causó gracia!
Abrí la puerta y dije: ¡Arriba!
¡Pobrecito/a! Lo intentó pero no llegaba, rebotando en el estribo sin poder pasar del 2º escalón.
Se me ocurrió llevarlo hasta el próximo comedor para que pudiera subsistir.
Bajé y lo subí. Inmediatamente se acomodó en el piso del lado del acompañante. Y me miraba con ojitos temerosos.
Comprendí que era de las tantas "mascotas" que son abandonadas por los (¿)humanos(?) cuando crecen, más aun si son hembras.
Continué mi viaje y, en el primer comedor (unos 40 kilómetros) que encontré, paré.
Abrí la puerta y ordené: ¡Abajo!
¡¡¡Se pegó un porrazo al caer!!!, pero se fue a no se donde.
Pedí una tira de asado con ensalada de radicheta y ajo y lo devoré, un poco por hambre atrasada y otro poco porque estaba buenísimo.
Cuando salí, ni recordaba su existencia. Subí, puse en marcha y mientras esperaba que el motor tomara temperatura, apareció "a los gritos" y moviendo la cola hasta llegar a la puerta.
¿Como podía ser que si, mientras estuve en el comedor, habían partido otros vehículos, apareciera?
¿Lo habría intentado con todos, sin resultado?
Paré el motor. Se fue. Arrancaron otros y no apareció. Para mí era un encuentro casual y había terminado.
Puse en marcha nuevamente y la ví, ladrando desesperadamente, hasta llegar. Si en lugar de pelos hubiera tenido plumas en la cola, superaba la altura de los cóndores.
Se repitió la escena cuando abrí la puerta y dije ¡Arriba!. La tuve que ayudar.
Cuando llegué a mi casa la bajé y se acomodó bajo la mesa de la cocina.
No supe que hacer, pero creí (?) que me había adoptado y aunque no creo ser buena persona, tampoco me considero un hijueput.
Apelando a mi enorme capacidad para poner nombres originales, la bauticé Negra, y durante un tiempo convivimos sin inconvenientes, pero luego me "arrejunté" y...

¡Pero esa ya es otra historia!

Continúa en: La perra. Capítulo 2

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jueves, 10 de noviembre de 2011

Si me ves

Si me ves cansado fuera del sendero, ya casi sin fuerzas para hacer camino,
si me ves sintiendo que la vida es dura, porque ya no puedo, porque ya no sigo,
ven a recordarme cómo es un comienzo, ven a desafiarme con tu desafío,
muéveme en el alma, vuélveme al impulso, llévame a mi mismo.

Y yo sabré entonces encender mi lámpara en el tiempo oscuro, entre el viento frío.
Volveré a ser fuego desde brasas quietas, que alumbre y reviva mi andar peregrino.
Vuelve a susurrarme aquella consigna: la del primer paso para otro principio.
Muéstrame la garra que se necesita, para levantarse desde lo caído.

Si me ves cansado fuera del sendero, sin ver mas espacios que el de los abismos.
Trae a mi memoria que también hay puentes, que también hay alas que aun no hemos visto.
Que vamos armados de fe y de bravura, que seremos siempre lo que hemos creído.
Que somos guerreros de la vida plena, y todo nos guía hacia nuestro sitio.

Que un primer paso, y que un nuevo empeño, nos lleva a la forma de no ser vencidos.
Que el árbol se dobla, se agita, estremece, deshoja y retoña, pero queda erguido.
Que el único trecho que da el adelante, es aquel que cubre nuestro pie extendido.

Si me ves cansado fuera del sendero, solitario y triste, quebrado y herido.
Siéntate a mi lado, tómame las manos, entra por mis ojos hasta mi escondrijo.
Y dime ¡se puede! e insiste, ¡se puede!, hasta que yo entienda que puedo lo mismo.

Que tu voz despierte, desde tu certeza, al que de cansancio se quedó dormido.
Y, tal vez, si quieres, préstame tus brazos, para incorporarme, nuevo y decidido.
Que la unión es triunfo cuando hombro con hombro,... ¡vamos, sí se puede!, con el mismo brío.

Si me ves cansado fuera del sendero, lleva mi mirada hacia tu camino.
Hazme ver las huellas, que allá están marcadas, de un paso tras otro por donde has venido.
Y vendrá contigo una madrugada, la voz insistente para un nuevo inicio.
Y abriré otro rumbo porque si he creído, que siempre se puede... ¡se puede, mi amigo!

José Larralde

domingo, 6 de noviembre de 2011

Los vericuetos de la justicia (?)

De todos los oficios, el que más me repugna es el de los abogados. Se me hace cuesta arriba entender cómo es posible que todos los abogados no estén presos. Si este mundo fuera realmente justo, debería haber jaulas a la salida de la Universidad de Derecho. Cada vez que salga un jovencito recibido de abogado, con su toga ridícula y su diploma enrollado, habría que cerrar con llave la jaula y mandarlo al zoológico. Que me perdonen las focas.

La Justicia tiene un bache gigantesco, una tara de nacimiento, por la que le resulta imposible funcionar correctamente. Siempre, en un juicio, habrá un abogado que miente. Siempre habrá uno que sabe la verdad e intenta disfrazarla de otra cosa. Siempre habrá uno que, por dinero, tiene permitido mentir y falsear la realidad. Cuanto mejor sea un abogado en su oficio, más personas dirán de él: “qué hijo de puta”.

Y aquí nace el error de ciertos oficios, creo yo. Cuando el mejor en algo es, al mismo tiempo o por eso, el peor, tenemos un problema. Y si la base de la justicia humana recae en uno de estos oficios, si quienes dictan sentencia inapelable son los peores seres humanos de un grupo, entonces el problema es un problemón.

Hay únicamente dos clases de oficios en el mundo: los que ya existían cuando éramos inocentes, y los que no. En un mundo inocente habría payasos, putas, ebanistas, dibujantes y panaderos. Y no habría (por innecesarios) ni policías, ni abogados, ni árbitros de fútbol, ni políticos populistas. Aquéllos oficios, los nobles, están ligados a nuestras necesidades básicas; éstos, en cambio, surgieron por culpa de la degeneración, de la trampa y del caos. Los impuros son oficios que están aquí no desde siempre, sino desde que el mundo es una mierda.

Cuando éramos inocentes necesitábamos reír, comer, sentarnos, viajar, soñar y que nos chuparan la pija. Y por eso teníamos payasos, panaderos, carpinteros, caballos, músicos y putas. No hacía falta más. ¿Qué pasó entonces? Posiblemente ocurrió el primer conflicto. No sabemos cuál, pero podemos imaginarlo. El payaso hizo un chiste que ofendió al carpintero. O el panadero le vendió al músico medio kilo de pan diciendo que eran tres cuartos. O la puta no quiso acostarse con el caballo. Algo de eso.

Entonces nació el abogado: un tipo que debía decir quién tenía razón. Claro que, en los oficios nobles, cada actividad o servicio tuvo siempre una paga. ¿Cómo le pagaríamos al abogado por su trabajo? O mejor, ¿quién le pagaría? Se decidió entonces que el que más tenía más pagaba. No hubo tiempo para llamarle a esa práctica soborno, porque el que más pagaba eligió llamarlo Justicia.

Cada vez que veo o escucho a un abogado me da asco. No puedo evitarlo. Y me preocupa mucho ver de qué manera nos acostumbramos (por una cuestión cultural, por una cuestión de pereza mental) a no objetivizar la vida. Nos parece normal que todo sea así. A nadie le pone los pelos de punta saber que estamos en manos de unos tipos que cobran por mentir, que deciden si vamos presos o no, que deciden casi todo con argumentos rarísimos, con palabras inventadas, con leyes que no tienen sentido y que impulsaron sus abuelos, que también eran abogados o políticos (un político es un abogado más viejo).

Tengo la impresión de que hay un porcentaje mínimo del mundo que está enfermo. Gente ruin, equivocada y manipuladora. Pero lo que más me causa espanto es que el resto mira el circo casi desde la costumbre ancestral, casi desde la resignación, casi de acuerdo.

Los oficios ruines nacen y se reproducen en el seno de la gente ruin, con el objeto de salvar a la gente ruin. Los demás (la gente serena, la gente pobre; la gente) puebla el mundo con el secreto designio de cumplir una condena injusta.

El oficio de puta es necesario. Tanto, que es el primer oficio que se recuerde. El oficio de puta es noble y no le hace mal a nadie. El oficio de policía es innecesario, es post-degeneración, es turbio. Entonces, el policía se mete con la puta, la encarcela, la acosa, le dice chupame y te dejo ir. Nos parece normal.

El abogado defiende mejor al que mejor le paga. El árbitro le saca amarilla al delantero habilidoso que se tira en el área. El diputado sólo recuerda al votante rico y hunde al pobre en la rabia silenciosa. Nos parece normal.

Mi vida, desde el principio, estuvo ligada a la abogacía. Cuando yo era chico, todos me recomendaban ser abogado por dos razones. La única universidad que existía (y existe) en Mercedes forma estudiantes de derecho. Eso por una parte. Y por la otra, todo el mundo descubrió temprano que yo había nacido con la ambigua capacidad de engañar, de convencer a la gente sobre cualquier cosa.

Y tenían razón. Yo habría sido un gran abogado. El más hijo de puta de todos. El más respetado, el que más culpables ricos habría salvado de la cárcel, el que más inocentes pobres habría metido en prisión. Un gran abogado, sí señor. Una mierda de persona. Hasta tendría un chalet con pileta, un auto grandote.

Pero gracias a dios, para cada oficio espurio hay uno noble. Incluso si tu talento en la tierra es el de mentir. Yo por ejemplo elegí contar cuentos y decir públicamente barbaridades sin importacia. Si mi talento hubiera consistido en correr atrás de una pelota, tambien tendría una opción correcta y otra incorrecta: mediocampista o árbitro. Y así podríamos seguir toda la tarde: payaso o político, carpintero o banquero, primera dama o puta.

No sólo eso. He descubierto no hace mucho que mis amigos verdaderos, todos ellos (no son muchos) practican oficios nobles. No tengo un solo amigo que desarrolle una actividad post-degeneración. Ni uno. Y me siento feliz por esa casualidad no buscada.

Por eso, si algún lector de Orsai con oficio degenerado es habitual de estas páginas y ha llegado hasta aquí, debe saber que me da asco tener lectores espurios. Si tuviera lectores de esta clase, les pido que se vayan a otra parte, que no comenten, que nos dejen en paz. Es posible que el mundo esté lleno de gente de mierda, es posible que no podamos hacer nada para evitarlo; pero en mi casa, en mi vida, en mis historias, somos todos inocentes aunque se demuestre lo contrario.
Fuente: M’hijo el dotor

jueves, 3 de noviembre de 2011

Viajero del tiempo

[Aclaración necesaria: Woung (nacido a fines del siglo XXI) es al tataranieto de Casciari. Llega a él viajando a través del tiempo].

—No quiero saber qué va a pasar conmigo, no quiero saber qué va a pasar con las personas que quiero. No quiero que se te escape una sola palabra ambigua; no quiero pistas. Respetá mi vida, Woung, respetá la felicidad de este noviembre en donde nadie se me ha muerto, quiero seguir acá un tiempo, no quiero que la sombra de tus datos me tapen el solcito— le dije a mi tataranieto—, lo que yo quiero saber del futuro es lo superficial, el chusmerío; soy demasiado cagón para todo lo que importa.

Woung me miraba serio y asentía. Ponía la boca como en el momento antes de escupir la gárgara, como diciendo: usted tranquilo.
—A no ser —le digo, con cautela— que yo en el futuro sea un líder de la resistencia contra las máquinas inteligentes; en ese caso, si soy un héroe y tu generación me idolatra, contame todo.
—No, abuelo. Usted no es nada de eso.
—Mejor, porque estoy a favor de las máquinas. ¿Y ustedes qué? —le pregunto— ¿Vienen seguido acá al pasado, o es una moda nueva?
—Viene bastante gente a comprar porro, porque allá casi no hay. Pero así como yo, a visitar antepasados, muy poco. Es un viaje incómodo, y bastante caro.
—¿No hay porro en el futuro? —se me pone la piel de gallina.
—Como haber hay —me dice Woung—, lo que ya no existe es esa cosa tan linda de ustedes, de armarlo, de ver la hoja, de fumar echando humo. De eso no hay más.
—¿Y cómo fuman porro ustedes?
—Tenemos tarifa plana —me dice—. Pagamos por mes un precio fijo, y hay empresas que te dan el servicio, directo a la cabeza.
—¿Están todo el tiempo drogados?
—¡No! Bueno, la mayoría no. Yo ahora estoy desconectado, porque estamos hablando. Pero si quiero un poco, parpadeo tres veces y ya me sube. Es práctico.
—Más que práctico. ¡Es buenísimo! —le digo— No hay que ir a comprar, no hay que esconderse por ahí, nunca llevás nada encima…
—Y además no te hace falta fingir —me dice Woung—. Si estás drogado y se aparece tu vieja, parpadeás dos veces y ya estás pilas. El tiempo que haga falta.
—Qué maravilla, el futuro —le digo—. ¿Y cuánto sale por mes, la tarifa plana de porro?
—Hay varios precios. Yo tengo el servicio de Vodafone, que sale 11 minutos al mes.
—¿Once minutos?
—En el futuro no hay dinero —me dice Woung—. El valor más preciado es el tiempo. Todos nacemos ricos, digamos. Cada chico que nace, tiene unos cien años de crédito. Después crecés y vas gastando tiempo. ¿Querés comprarte una moto? Te cuesta seis meses. ¿Una casa? Un año y pico. Todo lo que comprás se te va debitando. Y todo lo que vendés, se te acumula.
—No entiendo.
—Imaginate que te vas con una puta —me dice Woung—. Una puta cobra 30 minutos un servicio completo. Cuando terminás de cogerte a la puta, vos tenés media hora menos de vida, y la puta media hora más. Es fácil.
—¿Y entonces quiénes son los ricos en el futuro?
—El concepto de riqueza varía según los intereses de cada quién. Por ejemplo, yo tengo 23 años, es decir, tengo un capital suficiente para tener siete coches, dos chalets, y darme la gran vida durante cinco años más y morir. O también tengo la posibilidad de vivir sin lujos hasta que cumpla los 80 ó los 90. Cada uno hace lo que quiere.
—¿Y la gente que suele hacer?
—Hay de todo. Los conchetos se mueren jóvenes —me dice Woung—. Yo soy del grupo que vive despacio para llegar más lejos. Hasta ahora, mi gasto más extravagante fue el de venir a verte. Este viaje me costó tres años. Es carísimo.
—¿Te vas a morir tres años antes por mi culpa?
—No, no se mide de esa manera… Digamos que voy a vivir lo que me quede con la alegría de haber hecho lo que tenía ganas de hacer.
—¿Y el trabajo, entonces? —quiero saber— ¿Cómo funciona, cuánto gana la gente en el futuro?
—La gente gana exactamente lo que trabaja —me dice Woung—. El que trabaja seis horas al día, gana seis horas al día. El que trabaja cuarenta horas a las semana, gana eso. Y se puede vivir sin trabajar, pero claro, vivís menos.
—Entonces el trabajo cualificado no cuenta —digo—. Un carpintero que tarda dos horas en hacer una silla, y un poeta que tarda dos horas en componer un poema ganan lo mismo.
—Exacto: cada uno gana dos horas.
—¿Pero si el poema es maravilloso?
—Esa es una gran tara de tu sociedad… Creer que un poema puede ser más maravilloso que una silla.
—¿Y los ladrones entonces, qué roban si no hay dinero?
—No hay ladrones —me dice Woung—, ni crímenes económicos. Sólo, cada tanto, algún crimen pasional.
—Entonces habrá cárceles.
—No. Hay multas. Te multan con los años exactos de la víctima. Si matás a un tipo de 35 años, esa es tu multa: 35 años. Muchas veces significa pena de muerte. Casi nadie mata a nadie. Tampoco hay suicidios. ¿Para qué vas a suicidarte, si podés comprarte lo que quieras con lo que te resta de tiempo y morir en la opulencia?
—¿Entonces no hay malos?
—¡Claro que hay malos! Los pesados, por ejemplo. Esa gente que te cruzás en la calle y se te pone a hablar y te hace perder el tiempo. Los densos. Ésa es la gran escoria de mi sociedad. Los que tardan mucho para contarte un chiste, los que te hacen esperar en el auto, los que te invitan a fiestas aburridas… El que te hace perder el tiempo sin disfrutarlo, ésos, son lo malos.
—¿Y la política, cómo funciona?
—Ya te dije, no hay ladrones.
—Pero me imagino que en cada país habrá un presidente, y que al presidente lo elegirán entre todos. Una democracia, algo así.
—Cuando acabamos con las enfermedades —me dice Woung—, y pudimos lograr que el mayor capital humano fuese la salud (es decir: el tiempo de sobrevida) acabamos también con el capitalismo y el comunismo. Acabamos con todo. Nadie tiene nada que otro pueda robar para su beneficio. Si matás a alguien, no te quedás con su tiempo extra. Entonces, ¿para qué matarlo? En el mismo sentido, ¿para qué necesitamos democracia y boludeces si todo está en orden siempre?
—Me emociona esto que me estás contando, Woung —le digo sinceramente—, pero tiene que haber grietas, tiene que haber fallos. Somos humanos, y estamos hechos para cagarlo todo y hacerlo mierda. ¿Dónde está el fallo?
—Los fallos también son una tara de tu sociedad, abuelo. Con el tiempo las cosas irán mejorando mucho. Te lo garantizo.

Woung se fue de casa casi de noche, y me dejó una sensación extraña de paz. Estaba claro que yo no llegaría a vivir de esa manera (fumo demasiado para tener esperanzas a largo plazo) pero quizás Nina, mi hija, sí pueda ver ese mundo en donde el capital humano más importante es el tiempo.

Parpadeé tres veces, no fuera cosa que el wifi de porro con tarifa plana durase todavía en el comedor de casa, pero no pasó nada. Entonces abrí la cajita feliz y me armé uno de los antiguos, de los que se enrollan con los dedos, de los que cuestan diez euros en la esquina. Y me senté en el sillón grandote a perder el tiempo.

Esta historia está inspirada en el comentario #164 del articulo “M’hijo el dotor” y es la conclusión del artículo anterior, llamado “Nunca le abras la puerta a un chino”.

Fuente: Tarifa plana de porro y otros avances

domingo, 30 de octubre de 2011

Pronósticos de Hernán Casciari

[Aclaración necesaria: Woung (nacido a fines del siglo XXI) es al tataranieto de Casciari. Llega a él viajando a través del tiempo].

Hace unos meses le supliqué a mi tataranieto Woung que no me dijera nada sobre mi vida en el futuro, y con buen tino cumplió mis deseos. Al irse de casa, me reveló algunos datos interesantes sobre cómo sería la vida del hombre a finales del siglo XXI, pero me dejó a medias con otros temas de interés. El viernes, al revisar el correo, vi un sobre extraño, demasiado moderno para mi gusto. Era una carta de Wuong, en la que me explica, con pelos y señales, cómo serán nuestros próximos veinte años.

2007
Tras la invasión norteamericana a Teherán (injustificada, según la ONU) el llamado Mundo Libre decide rebelarse ante los atropellos de Estados Unidos, boicoteando el consumo de sus productos, a excepción de la Cocacola y HBO.

Un científico alemán descubre un tipo de carne que, al ser dado a un perro con rabia, provoca que el animal continúe siendo doméstico y gracioso.

2008
Tras la invasión norteamericana al llamado Mundo Libre (según la ONU, injustificada), las cosas regresan a como estaban antes, a excepción del llamado Mundo Libre, que pasa a llamarse Mundo con Ciertas Libertades.
Parte en diciembre el KONECT III, primer cohete tripulado al planeta Marte, que estará once años en el espacio antes de tocar suelo marciano.

2009
El KONECT III estalla a los once días. Más tarde se sabe que habían dejado abierta la puertita que daba al baño.
Se descubre una vacuna que cura de todos las enfermedades del continente africano, pero es demasiado cara para sus habitantes. En cambio los finlandeses, que sí pueden pagarla, la usan para curarse la soriasis que les produce hablar por el móvil.
Parte en diciembre el KONECT IV, primer cohete tripulado al planeta Marte, que estará once años en el espacio antes de tocar suelo marciano. Un equipo especial de la NASA certifica que esté bien cerrada la puertita del baño.

2010
Una cadena británica filma el exacto momento en que Evo Morales, presidente de Bolivia, asciende a los cielos. El país andino pone a otro presidente con el mismo pulóver.
El feroz huracán Eduardo confirma todas las sospechas, y se convierte en el primer fenómeno meteorológico capaz de arrancar California de cuajo. La región entera es hallada por unos niños pescadores, 20 días más tarde, cerca de Filipinas.
Se suspenden por un año los Juegos Olímpicos de Vancouver porque a nadie le gusta el diseño de la mascota.

2011
Después de 23 temporadas, la serie Los Simpson comienza a dibujarse sola.
Macedonia, Bosnia y Serbia deciden formar un mismo país al descubrir que, cuando estaban juntas, ganaban más medallas en los Juegos Olímpicos. Pasan a llamarse Yugoslavia Hermanos. La ex Unión Soviética no quiere ser menos: se reunifica y se bautiza Rusia e Hijos. De todos modos, gana China con 113 medallas.
Un nuevo best-seller polémico induce a pensar que Jesucristo se llamaba en realidad Fabricio, padecía anorexia, y tenía un escroto más grande que el otro. El Vaticano compra los derechos cinematográficos y alienta a sus fieles a no consumir blasfemias.

2012
Antes de disolverse, la veterana ONG GreenPeace reconoce que no eran las fábricas las que producía la capa de ozono, sino las ballenas al copular.
Se descubre una pastilla que, si te la tomás, ya estás bañado.
Las selecciones de Argentina e Italia se disputan al hijo ilegítimo de Maradona (Diego Jr.), ofreciendo cada una diferentes ventajas por la nacionalización del crack. El Gobierno argentino le ofrece al jovencito la presidencia de la nación, mientras que el Gobierno italiano le regala “cualquier cosa que haya hecho Miguel Angel y esté en nuestro territorio”. Finalmente Diego Junior se nacionaliza colombiano, pero no dice a cambio de qué.
El KONECT IV deja de emitir señales.

2013
Una Universidad holandesa descubre que, debajo de algunos cuadros de Van Gogh, hay pinturas de Dalí.
Tras una conferencia de prensa, una clínica privada de Seúl informa al mundo que han clonado a un hombre en 2009 y ahora mostrarán al mundo los resultados. Aparece un niño de cinco años adorable, sano, limpio y educado al que el resto de la Humanidad llamará “The Clon”. Es el principio de la Gran Guerra del ‘22, pero nadie lo sabe.
Inglaterra se sube al euro con tan mala suerte que se resbala y se cae al dólar canadiense.

2014
La decadencia del Imperio Norteamericano se hace más evidente. Este año sólo producen doce largometrajes, cuatro medelos de Chevrolet, dos invasiones a países pobres, y un solo capítulo bueno de Lost.
Por primera vez en la historia, gana Eurovisión un participante mudo, gracias a una muy lograda coreografía.
El Banco Central de la República Argentina, por indicación del gobierno, congela los depósitos de los ahorristas utilizando nitrato líquido.
Una Universidad francesa descubre que, debajo de unas pinturas de Dalí que se habían hallado debajo de unos cuadros de Van Gogh, hay unas imágenes en jpg con señoritas desnudas.

2015
Un estudio indica que sólo los mayores de 50 años continúan utilizando el correo electrónico, dado que la juventud del mundo tiende a utilizar la telepatía (12%), o directamente no se comunican con nadie (82%).
Se suspende por primera vez un match de fútbol (ocurre en Brasil) a causa de la desconfiguración del árbitro. Al recomponerse el sistema, los archivos goles.bak están tan dañados que hay que empezar el partido de nuevo.
El KONECT IV (que había enmudecido tres años antes) vuelve a emitir señales. Sus tripulantes logran decir una frase que llega a la Tierra: “Esto es increíble!”, se escucha. Después de eso, otra vez el silencio.

2016
El profesor universitario José Luis Orihuela da de baja eCuaderno, el último blog que quedaba en el mundo.
Por primera vez en la historia, y tras largos años de investigación, un Hombre da a luz, después de tres años de gestación. Aparece ante el mundo un enorme bebé adorable, sano, limpio y educado al que el resto de la Humanidad llamará “The Man”. Es el principio de la Gran Guerra del ‘22, pero nadie lo sabe.
Comienza a emitir un canal de televisión vegetariano, que solamente pueden sintonizar los espectadores que no estén comiendo carne en ese momento.

2017
Un magnicidio terrorista en París, durante una cumbre del G8, mata a todos los presidentes de los países más ricos del mundo. Asumen el gobierno de cada nación sus viudas, quienes como primera medida de Gobierno deciden congelar a sus esposos hasta que los puedan resucitar.
Nokia saca a la venta un teléfono móvil con cama adentro.
Suecia se convierte en una sociedad perfecta al descubrir un antídoto contra el bostezo, la única enfermedad contagiosa que les faltaba curar.

2018
Una mortal epidemia de tifus se desata en las Islas Malvinas, y el gobierno británico decide devolverlas a su país de origen. La República Argentina se niega a aceptar el regalo, y se desata otra vez la Guerra de las Malvinas, pero al revés: el que pierde se las queda.
Fallece el papa Benedicto XVI y asume en su lugar el artista antes llamado Prince que, además de ser el primer papa americano, es también el primer papa negro, el primer papa sexy y el primer papa pop.
Por primera vez desde sus inicios, la final del Mundial de Fútbol “Chile 2018” se transmite vía holograma en 25 estadios de todo el mundo, en directo. Por algunos problemas en la emisión, algunos espectadores ven ganador a Brasil, y otros a Alemania.

2019
Tras ocho meses de sangrientas batallas australes, las Malvinas son otra vez argentinas.
El KONECT IV (que había enmudecido tres años antes) vuelve a emitir señales. Sus tripulantes logran decir otra frase que llega, nítida, a la Tierra: “Esto es cada vez más increíble!”, se escucha. Después de eso, otra vez el silencio.
El niño mundialmente conocido como “The Clon” cumple diez años de vida, y se celebran festejos en todo el planeta. El jovencito habla por primera y dice algo que nadie esperaba escuchar: “Debemos eliminar al Hombre”. Cunde el pánico en las ciudades de siempre: Nueva York, Tokio y Sidney.
Fernando Alonso se retira de la Fórmula Uno, pero su coche sigue compitiendo un año más con un maniquí adentro.

2020
El Papa Prince I hace la primera Misa de Gallo unplugged, que transmite en directo la MTVaticano.
Los laboratorios Roche sacan a la venta unas pastillas verdes que combaten el adulterio y no las compra nadie.
Los chinos se ponen de acuerdo para saltar todos juntos el mismo día, a la misma hora, y confirmar así si es verdad lo que dice la leyenda. Lo hacen el 22 de octubre a las 12 del mediodía, y aparecen todos en Australia once horas antes.

2021
La mañana del 12 de febrero el hemisferio norte despierta con la aterradora visión de una bola de fuego en el horizonte, que viene hacia la Tierra a una velocidad increíble. Se piensa en un meteorito pero, al caer y destruir Kansas, se descubre que se trataba del KONECT IV. Es el fin de la supremacía norteamericana en cualquier campo.
El niño mundialmente conocido como “The Man”, hijo de dos hombres y ninguna mujer, recibe su primera comunión, con una fiesta que se celebra en el mundo entero. Al decir sus primeras palabras en público, el planeta entero escucha de boca del niño: “Debemos eliminar al Clon”. En muchas ciudades comienza la caza al payaso, hasta que un nuevo comunicado soluciona el malentendido.
Miles de ordenadores en todo el mundo regresan a Windows 98.

2022
Los habitantes del planeta comienzan a dividirse entre defensores de Man, y defensores de Clon. Los niños (uno desde Londres, en otro desde Corea) se desafían y se lanzan mensajes de guerra a través del MSN. Hay tensión mundial.
Un chimpancé logra ganarle una partida de ajedrez a una computadora construida por un chileno.
Comienza la Tercera Guerra Mundial, conocida también como “la Gran Guerra del ‘22”, entre los Clon y los Man.

2023
Una bomba antitetánica destruye Nueva Zelanda.
Un atentado contra el niño Man mata a sus padres travestis, y el niño Man llora y patalea por la CNN.
Las viudas del G8 (esposas de los presidentes muertos en el ‘17) logran resucitar a sus maridos mediante un novedoso sistema médico, y los actualizan sobre la guerra que está teniendo lugar. Los maridos prefieren seguir congelados unos años, hasta que todo pase.
Los ejércitos de Clon parecen a punto de ganar la guerra, dado que sus soldados antes de morir se duplican. Pero los guerreros Man descubren que las copias son de baja calidad.

2024
Científicos de Barcelona descubren que si una persona estornuda al mismo tiempo que salta, destruye la ley de la gravedad. “Los humanos siempre estuvimos capacitados para volar”, dicen euforicos, “pero nos faltaba saber cómo”.

El Papa Prince intenta mediar entre el niño Clon y el niño Man. La cumbre ocurre en junio, en Ginebra, donde ambas criaturas firman un pacto de no agresión y establecen un alto el fuego. Los niños son dados en adopción.

El ser humano comienza a volar por sus propios medios. Quiebran las compañías aéreas, y se hacen poderosas las empresas que comercializan pomadas para las caídas.
2025
Tras la Gran Guerra, el planeta ha sido diezmado por las bombas antitetánicas y saqueado por los mismos inadaptados de siempre. Sólo quedan 19 países con gente adentro, y otros 26 que pueden ser recuperados para hacer sitios turísticos.

Se realiza el primer censo post guerra: sigue habiendo en el mundo más mujeres que hombres. Todos respiran aliviados.

Al no haber televisión, ni cines, ni espacios de entretenimientos, José Luis Orihuela abre otra vez su blog eCuaderno.
2026
Argentina se corona campeón del mundo en el Mundial de Fútbol 2026, que se disputa en Yugoslavia Hermanos.

Un chileno logra ganarle una partida de ajedrez a una computadora construida por un chimpancé. (Es el principio de la Gran Guerra del ‘37, pero todavía nadie lo sabe.)
Éste es el primer texto de una serie sobre el devenir del siglo XXI, que continuará en mayo de 2007 con “La persecución de las viejas y demás cuestiones”, y seguirá en mayo de 2008 con “La Última Gran Guerra del Hombre Chiquito”.
Fuente: La Gran Guerra del 22 y otros sucesos

sábado, 22 de octubre de 2011

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Texto original: Este

jueves, 20 de octubre de 2011

Las "locuras" de Hernán Casciari

El 12 de septiembre de 2098 Woung viajará por segunda vez en el tiempo. Siempre, desde chico, había querido conocer a su tatarabuelo, porque Woung también es escritor, un joven escritor de 23 años. Al llegar a esta época, Woung me deja un mensaje en el contestador: “Hola, estoy buscando a Hernán Casciari, mi nombre es Woung. Usted no me conoce pero yo sí… Quisiera verlo. Llámeme por favor”, y me da el número de un teléfono móvil.

—Será un lector de Orsai —me dice Cris, mientras le cambia los pañales a la Nina—, lo raro es que sepa el número del fijo. Esta gente generalmente te llama al móvil.
—Y ni siquiera.

Es cierto. Suelen contactarse lectores conmigo, para quedar a comer en el FreeWay o cosas por el estilo, pero siempre lo hacen por mail al principio, tímidamente. Nunca llaman a casa, nunca dicen “quisiera verlo”. Pero a mí me extrañaban más otros detalles:
—Lo raro también es el nombre —le digo—: nombre chino, acento argentino. Y además me trata de usted, pero tiene la voz de un pibe joven.

Como soy un poco miedoso con los desconocidos y un poco indiferente con los desvergonzados, no lo llamé un carajo. Entonces pasaron tres días y el lunes (ayer) sonó otra vez el teléfono. Esta vez yo estaba en casa jugando con la Nina.
—Hola, soy Woung, ¿está Hernán Casciari?
—Él habla.
—Necesitaría verlo —me dice—. Me vuelvo esta noche y solamente hice el viaje para conocerlo a usted. Si no le molesta paso por su casa en un rato.
—No sé si voy a poder atenderte, mi mujer no está y yo estoy con mi hija, y es un quilombo si viene gente…
—Mejor, mucho mejor —me dice—. También quiero ver a la bisabuela.
—¿A qué bisabuela?
—Yo le explico cuando nos veamos. Por favor, Hernán. Sería un rato nada más, unos mates, hablamos un poco y me voy.

Lo del mate me da una cierta tranquilidad.
—Bueno, qué sé yo, como quieras. Te paso la dirección, ¿tenés para anotar?
—Estoy acá cerca, en la Sagrada Familia, y la dirección me la sé de memoria desde la otra vez —me dice—. Ahora mismo le toco el timbre. Usted vaya poniendo el agua.

Casi no tuve tiempo de pensar cómo podía ser que tuviera mi dirección ‘desde la otra vez’. ¿Qué otra vez? No había pasado un minuto desde la conversación telefónica y ya estaba sonando el portero eléctrico. En vez de abrir desde adentro, como hago siempre, salí afuera para orejear la cara del invitado través de la puerta de la calle.

Lo que vi fue a un muchacho medio chino, oriental mezclado con cristiano, esa gente híbrida que hay ahora, esa gente moderna y cosmopolita. Bien vestido, eso sí, y con una media sonrisa gigante en la cara. Me estaba saludando con la mano.

Le abrí al puerta con un poco de miedo y me pegó un abrazo. Al verlo hacer dos gestos, el corazón me dio un salto: su cara me sonaba conocida, pero no recordaba de dónde. Me preocupaba sin embargo esa familiaridad, sobre todo cuando él estaba serio. En cambio cuando se reía era más chino que nunca, y eso me parecía mejor.

Después de los saludos en el rellano se metió en casa sin pedir permiso y se fue derecho al sofá donde estaba la Nina. Mi hija lo miraba sin miedo: cosa extraña en ella, que es muy fifí con los recién llegados. Suele ponerle mala cara a toda la gente nueva hasta que no le dan caramelos o pan. Pero al chino lo miraba feliz, como si fuera un juguete.
—Yo a usted no llegué a conocerlo —me dice Woung apretándole los cachetes a mi hija—, pero a Nina sí. A ella sí que la conozco, ¿cierto, Nina.

La Nina dice que sí con la cabeza. Es el colmo.
—¿De dónde la conocés a la Nina, del fotoblog? —le pregunto con algo de resquemor, como si de pronto supiera que no tendría que haberle abierto la puerta a ese hombre, al menos no con mi hija dentro.
—No, de ahí no —me dice—. Nina es mi bisabuela, por parte de madre.

Me recorre un frío por la espalda. Me dan miedo los locos, desde siempre les tengo fobia, porque nunca sé cómo hay que reaccionar ante su desdoblamiento. Hago un esfuerzo por entender de una manera lógica lo que ha dicho:
—¿Tu bisabuela también se llama Nina? ¿Eso me querés decir? —pregunto, y lo miro a los ojos, pidiéndole en silencio que no diga lo que sospecho que está a punto de decir.

Pero va y lo dice, un segundo después de que yo adivine lo que va a decir, él sonríe y lo dice:
—Nina es mi bisabuela, Hernán. Usted es mi tatarabuelo —se sienta en una silla, como si estuviera cansado, como si ya no importara nada más, y remata—: y yo vengo del futuro.

En la tele sin sonido hay dibujos animados que Nina observa sin pestañear. Todo lo demás en mi casa es silencio, y un chino loco que me mira.
—Venís del futuro —repito despacio, sin perder la calma, poniéndome entre el recién llegado y mi hija, midiendo la puerta, buscando con la vista algún tramontina para defenderme del ataque inminente del desquiciado.
—Del año 2098 —me dice—. Éste es el árbol, mírelo tranquilo.

Me pasa un pedazo de papel escrito a mano, con el dibujo de un árbol genealógico muy desprolijo, como si hubiera sido redactado durante un viaje en tren. Lleno de líneas, flechas y círculos que omito, el papel viene a decir algo así:
“Nina se casa con Fernando (un abogado uruguayo) y da a luz a Marc, en 2026. Marc se casa con Dai-ki, coreana, y tienen a los gemelos Yuan y Andreu en 2051. Yuan se casa con con un abogado argentino y nacen Li (2070), Lucas (2072) y Woung (2075).”

Del otro lado del papel hay un mapa para llegar a la Sagrada Familia, al Parque Güell y a otros centros turísticos de Barcelona. Le devuelvo el ‘arbol’ y lo miro a los ojos, sin gestos. Lo estoy estudiando lentamente.

A decir verdad, el chino no parece peligroso en un sentido físico. Quiero decir, no parece inquieto o desesperado por matarme. Toda su locura, por el momento, es verbal. Pero yo me he cruzado muchas veces con locos: sé que son paulatinos, sé que su alucinación va siempre increscendo, que nunca hay que confiar en la serenidad de sus manos. ¿Para qué mentir? Estoy cagado de miedo. Mi hija tiene un año y medio, hace solamente dieciocho meses que la tengo conmigo. Yo me he cruzado con locos muchas veces, y siempre supe defenderme, siempre supe moderar una situación con una dosis de sicología, o por lo menos supe salir disparando a tiempo. Pero ésta es la primera vez que estoy poniendo en peligro algo más importante que mi vida. Nina está ahí, en el sofá, con sus ojazos inocentes. Y yo estoy cagado de miedo.

Tiempo. Necesito hacer tiempo para saber cómo actuar, de qué modo sacarme de encima a este chiflado.
—No me cree —me dice el chino.
—¿Debería?
—En realidad, pensé que me iba a costar menos convencerlo, una vez que viera el árbol genealógico —me dice—… Yo leí una teoría suya, ¿se acuerda?, en la que usted dice que los extraterrestres no existen, que somos nosotros mismos en el futuro. Usted mismo ha escrito alguna vez eso.
—Suelo escribir muchísimas boludeces, demasiadas.
—Pero ésta era verdad —me alienta—. Déle, ¿por qué no se sienta y se relaja un poco? —me acerca una silla—. ¿Quiere que ponga el agua, que tomemos unos mates.

Entonces me decido por una estrategia y actúo.
—Podríamos hacer lo siguiente —le digo, con mucho tacto, fingiendo mirar el reloj con naturalidad—. Yo tendría que llevar a Nina a la guardería ahora mismo. Si querés nos encontramos en el bar de la esquina, en media hora. Me esperás ahí y charlamos. Toda la tarde, ¿qué te parece?
—No vas a venir —me dice, y entonces me tutea.
—¿A dónde? —me empiezan a temblar las piernas— ¿A dónde no voy a ir?
—Al bar. Te voy a esperar una hora, dos horas, y después llega un guarda civil y me pide los documentos. Vos estás en la casa de tus suegros. Me mandás a la policía por teléfono porque pensás que estoy loco, que quiero hacerte daño.

Se me llenan los ojos de lágrimas. Era ésa exactamente mi idea, exactamente ésa, punto por punto.
—No, nada que ver… ¿Qué te hace pensar así? —le pregunto.
—Ésta es la segunda vez que vengo a verte. La primera me mandaste la policía. Yo te estaba esperando en el bar. Ahora ya aprendí, por eso te traje el árbol, para que me creas.
—¿Es tu segunda vez? —digo, sonriendo de pánico— ¿Esto es como “El día de la marmota”?
—Sí… Y vos sos Andy McDowell —me dice, y se ríe como un chino feliz—. Mirá. Vamos a hacer las cosas bien. Yo no pienso hacerte nada malo, ni a vos y ni a ella. ¿Cómo voy a hacerles algo malo si son mi sangre? Solamente vine para charlar un rato, para conocerte.
—Estás loco, hermano, no podés pedirme que te crea —le digo.
—En un minuto, justo en un minuto, va a llamarte tu mujer al móvil —me dice—. Preguntando si yo vine. Eso pasó la primera vez, y va a pasar ahora de nuevo. En cincuenta segundos, exactamente. Con ese dato te convenzo de que es cierto todo lo que digo. ¿Te convenzo con ese dato? Treinta segundos y suena el teléfono. ¿Con eso te quedás tranquilo.

No le respondo; me muerdo el labio. ¿Tranquilo, me quedo tranquilo con eso? Miro el móvil que está sobre la mesa. No sé qué quiero que pase. No sé si prefiero que no suene, y saber que estoy frente a un loco peligroso que sabe karate; o si prefiero que suene, que sea Cris la que llame, y entonces saber que el chino que sonríe es, realmente, mi tataranieto que ha llegado del futuro en una nave nodriza o algo así. No sé qué quiero.
—Veinte segundos —dice Woung—. Cuando llame tu esposa, decile que todavía estoy acá, que estamos charlando, que soy un lector de Orsai, que está todo bien. No la alarmes, es al pedo… Yo mientras voy a poner el agua para unos mates —me guiña un ojo y dice:—Diez segundos y suena. Tranqui.

Woung se levanta y se mete en la cocina. Me quedo quieto. Escucho el agua caer como una lluvia en el fondo de la pava, el fuego que se enciende, y su voz, la del chino, que dice muy despacio: “cinco segundos, y cuatro, y tres…” Todo parece un sueño.

Y entonces suena mi teléfono móvil. Es Cristina: quiere saber si vino el lector raro, si ya se fue, que cómo era, que qué quería.
—A la noche te cuento —le digo—. Estamos tomando mates acá en casa. Más tarde te llamo, la Nina está viendo la tele. Un beso.

Cuando cuelgo, Woung saca la cabeza por la puerta de la cocina, sonriendo con su sonrisa de chino, y me dice:
—Tomás con sacarina y un chorrito de limón, ¿no? Como toda la familia.
—Sí, Woung —le digo—, como lo toman ustedes.
Fuente: Nunca le abras la puerta a un chino

miércoles, 19 de octubre de 2011

Cachadas telefónicas

I.)
A las bromas telefónicas las llamábamos ‘cachadas’ y eran tan antiguas como el teléfono. Había una gran variedad de métodos, pero casi todos tenían como objeto molestar a un interlocutor desprevenido; sacarlo de las casillas, desubicarlo. Con el Chiri nos convertimos en expertos cuando promediábamos el secundario. Éramos magos al teléfono. Pero entonces ocurrió una desventura que nos obligó a abandonar el profesionalismo. Una historia que aún hoy nos recuerda que llevamos la maldad dentro del cuerpo.

Empezamos, como todo el mundo, siendo niños. Cuando los teléfonos eran negros, a disco y del Estado. Las primeras cachadas infantiles siempre tienen como víctima a personas que se apellidan Gallo (nadie sabe por qué, pero es así). En la guía telefónica de Mercedes había nueve y los llamábamos a todos, uno por uno.
—Hola, ¿con lo de Gallo?
—Sí —decían del otro lado.
—¿Está Remigio?
—Acá no vive ningún Remigio.
—Disculpe, entonces me equivoqué de gallinero —y cortábamos, muertos de la risa.

Existían docenas de estas bromas básicas, y siempre nos las copiábamos de hermanos mayores o primos que ya se dedicaban a otras más elaboradas. Como se comprende, las primeras incursiones en el oficio buscaban sólo la propia risa: una carcajada limpia que no causaba grandes molestias a la víctima.

Ah, ojalá nos hubiésemos quedado en ese punto muerto de la infancia, donde no existen la maldad y la culpa. Pero no: debíamos avanzar, y avanzamos.

En los pueblos chicos siempre circulan rumores, informaciones y datos sobre la existencia de vecinos propicios a las cachadas. Vecinos a los que llamábamos ‘chinches’. Se trataba de una clase de señor mayor que, ante una broma telefónica, desataba toda la fuerza de su ira y era incapaz de colgar el teléfono. Alrededor de los diez o doce años, nos llegó una información de primera mano: había que llamar al señor Toledo y decir la palabra clave.
—Hola, ¿hablo con lo de Toledo?
—Sí.
—¿Está “cornetita”?
Ésa era la contraseña para que el señor Toledo, que tenía la voz aguda y estridente, comenzara a insultarnos con frases llenas de palabras groseras, resoplidos desopilantes y desenfrenados neologismos. Nos poníamos el Chiri y yo en el mismo auricular e imaginábamos a Toledo en su casa, en calzoncillos, con los cachetes de color borravino y sacando humo por las orejas. Cuando, a los diez minutos, su diatriba perdía la fuerza y sus pulmones el aire, sólo era necesario decir “pero no se enoje, cornetita” para que todo comenzara otra vez. Era el desiderátum.

Pero el niño crece, y con él madura también la ambición, la estructura dramática y —aún dormida— gana forma la maldad. Con el Chiri no tardamos en aburrirnos de invisibles Gallos y Toledos, que sólo eran voces incorpóreas detrás de un cable, y nos pasamos al nivel de las cachadas en tres dimensiones, que tenían como víctimas a sujetos presenciales.

A las siete de la tarde, el pelado de enfrente comenzaba a cerrar su negocio para volver a casa, sin haber vendido nada en cinco horas de aburrimiento. Nosotros podíamos verlo, resignado, desde la ventana del comedor. Cuando el pelado bajaba la persiana pesadísima del local, justo antes de poner el candado, lo llamábamos por teléfono. El pobre hombre, que no quería perder una venta, se desesperaba y abría otra vez la persiana, corría hasta el fondo del negocio y, al quinto o sexto timbre, decía jadeante:
—Alfombras Pontoni, buenas tardes.
Colgábamos.

Al rato lo veíamos otra vez, humillado y vencido, cerrar la persiana gigante; le costaba el doble. Su vida era una mierda, se le notaba en los ojos y en la curvatura de la espalda. Entonces el pelado escuchaba otra vez el teléfono dentro del local. “Si el que ha llamado antes llama ahora, quiere una alfombra con urgencia”, pensaba el comerciante, y otra vez le bombeaba el corazón, y otra vez levantaba la persiana, otra vez corría hasta el fondo, y otra vez decía ‘alfombras Pontoni, buenas tardes’, con un hilo de voz.
Colgábamos. Colgábamos siempre.

Un día repetimos el truco tantas veces, pero tantas, que al enésimo llamado falso el pelado no tuvo más remedio que decir ‘alfombras Pontoni, buenas noches’.

Hubiéramos seguido así hasta el final de los tiempos, pero un año después nos dimos las narices contra el futuro. Al primer llamado, el pelado Pontoni sacó del bolsillo un mamotreto con antena y dijo “hola”. Se había comprado un inalámbrico.

La llegada de la tecnología, antes que amilanarnos, propició nuevos métodos de trabajo. Cuando en casa tuvimos el segundo teléfono (uno con cable, otro no) con el Chiri inventamos la telefonocomedia, que era una forma de cachada a dos voces con receptor pasivo. Consistía en llamar a cualquier número y hacer creer a la víctima que estaba interrumpiendo una charla privada.
VICTIMA: —¿Hola?
CHIRI (voz de mujer): —…claro, pero eso es lo que te gusta.
VICTIMA: —¿Diga?
HERNAN (voz masculina): —Lo que me gusta es chuparte el culo.
CHIRI: —Mmmm, no me digas así que me se ponen las tetas duras.
VICTIMA: —¿Quién es?
HERNAN: —Yo lo que tengo dura es la poronga, (etcétera).

El objetivo de este reto dramático era lograr que el interlocutor dejara de decir “hola” y se concentrara en nuestra charla obscena, como si se sintiera escondido debajo de una cama de hotel. Cuanto mejores eran nuestras tramas, más tardaba la víctima en aburrise y colgar. Fue, supongo, un gran ejercicio literario que nos serviría —en el futuro— para mantener a los lectores atrapados en la ficción de un relato. Una tarde, después de diez minutos de telefonocomedia, una de nuestras víctimas comenzó a jadear, y nos dio asco.

Con dieciséis años, o diecisiete, ya podíamos considerarnos profesionales del radioteatro. Habíamos ganado en pericia escénica, en impronta y, sobre todo, en naturalidad de reflejos. El Chiri y yo faltábamos a las clases vespertinas de gimnasia y nos encerrábamos en casa con dos o tres teléfonos, un grabadorcito Sanyo y algunos elementos para generar sonidos de lluvia, de tráfico, de incendio, de ventisca. También teníamos a mano claras de huevo, por si era necesario cambiar los matices de la voz.

No nos hacía falta hablar entre nosotros: nos comunicábamos con gestos y miradas, como locutores de radio detrás del vidrio. Hacíamos magia. Éramos capaces de mandar a un desconocido a la Municipalidad a buscar un impuesto inexistente, seducir a la secretaria de un médico hasta enamorarla, hacer sonar la sirena de los bomberos en el momento que se nos ocurriera y convencer al kiosquero de la 19 y 30 que estaba saliendo en directo para una radio de Luján.

Nos creíamos dioses, y quizás por eso tocamos fondo en el cenit de nuestra gloria.

II.)
Promediaba el año ochenta y ocho. Lo recuerdo porque ya usábamos relojes digitales para cronometrar nuestras hazañas. Era de noche y mis padres no estaban en casa. Hacía horas que, con el Chiri, jugábamos un juego apasionante: hacer durar a la víctima en el teléfono a cualquier precio. Cuando te convertís en un profesional de la cachada volvés a lo básico, a lo simple. El mecanismo del juego era llamar a cualquier número y sacar una conversación de la nada. El reloj corría desde el “hola” y hasta el “clic” de cierre.

Esa noche Chiri llevaba una performance ideal: había logrado una conversación de 17m 12s con una señora, diciéndole que hablaba desde la tintorería. Tuvieron una charla graciosísima sobre el planchado en seco y acabaron cantando “Nostalgias” a dúo. Chiri la paseó por donde quiso, con guiños magistrales y toques de genialidad. Era imposible que yo pudiera superar esa maniobra.

Tiré los dados. Me salió el 24612. Marqué el número. Chiri tenía el cronómetro en la mano y me miraba cancherito. Cuando la voz de una vieja dijo “hola” comenzó a correr el segundero.

Yo había desarrollado una técnica, una marca de la casa, que sólo usaba en momentos clave. Era un sistema muy arriesgado que consistía en poner una voz masculina estándar, atónica, pausada, y provocar que la víctima adivinase mi identidad. Aquella noche, en la que sería la última cachada de mi vida, utilicé este método.
—¿Quién habla? —preguntó la vieja después de mi “hola”.
—Lo que faltaba —dije— ¿Ya ni de mi voz te acordás.

Eso era un peón cuatro rey. La apertura clásica. Generaba del otro lado sensación de familiaridad. Siempre hay un sobrino que ha crecido y le ha cambiado la voz, o un ahijado; siempre.
—No sé —dijo la vieja—. ¿Con quién quiere hablar?
—¡Con vos, boludona!
Jugada arriesgadísima. Yo estaba sacando la reina al medio del tablero. Muy poca gente del entorno de una vieja le dice “boludona”. Pero si quería superar el tiempo de Chiri, tenía que actuar como un kamikaze. Funcionó:
—¿Daniel! —dijo ella, en ese tono intermedio entre la interrogación y la exclamación. El tono se llama “deseo”.

La entonación del nombre propio me dio un millón de pistas. Daniel no era un sobrino, ni un ahijado, porque el grito de la vieja había sido estremecedor. No podía ser más que un hijo. Posiblemente, único. Y ese mismo dato me llevaba a otra cosa: el hijo vivía lejos y no era muy dado a llamar a su madre. Me tiré de cabeza:
—¡Claro, mamá! ¿Quién va a ser?
—¡Dani, Danielito! —sollozó la vieja, mientras Chiri, en silencio, se sacaba de la cabeza un imaginario sombrero, rendido ante mi jugada.

Ahora, el tiempo corría de mi parte. Me fui a caminar con el inalámbrico, para que Chiri no intentara hacerme reír con gestos. Él se quedó escuchando desde el fijo. En cinco minutos supe que Daniel vivía en el sur (“¿y hace frío ahí?”, preguntó la vieja en pleno septiembre) y también que la relación entre ellos no había sido, en los últimos años, muy afectuosa.
—Papá hubiera querido que estuvieses en su entierro.
—No es fácil, mamá. Hay heridas abiertas, la vida no es tan simple.

Supe que Daniel tenía una esposa, la Negra, y dos hijos. El más chico, Carlitos, no conocía a su abuela. Supe también que la ciudad en la que vivía Daniel era Comodoro Rivadavia, y que trabajaba en una fábrica de televisores. A los doce minutos de charla, cuando ya todo estaba encaminado para superar el récord del Chiri, la vieja empezó a sospechar algo, comenzó a hacer preguntas ambiguas, y debí improvisar.
—¿Pero cómo es que te escucho tan cerquita, nene? —quiso saber ella, y entonces no tuve opciones.
—Mamá —dije, sorprendido por mi crueldad—. Estoy acá, en la Terminal.

Del otro lado escuché un silencio, y después un llanto contenido. Me di vuelta buscando los ojos de Chiri, que me miraba pálido. No sonreía. Yo sentí, por dentro, la pulsión de la maldad. La sentí por primera vez en la vida. Estaba en el estómago, en el pito y en el cerebro al mismo tiempo, como una santísima trinidad diabólica. Con un gesto, le pregunté a Chiri qué tiempo llevaba. 16 minutos.
—No llores, viejita —dije.
—¿Habías venido ya otras veces a Mercedes? —me preguntó con la voz rota— A veces sueño que venís, de noche, y que no pasás por casa…
—No. No, no… Es la primera vez que vengo, te lo juro. Pero no quería aparecer así, de golpe. Por eso te llamé.
—¡Hijo! —gritó ella, desgarrada— ¡Colgá y apurate, vení, vení!
Casi 17 minutos, hacía falta algo más. Cuando supe lo que iba a decir, mi puño izquierdo se cerró. Ahora creo que la maldad ya me había invadido. Creo que no era yo el que hablaba. Eso que no sabemos qué es, eso que nos hace humanos y horribles, ahora estaba enquistado en mí y yo era su marioneta.
—Tengo que hacer un par de cositas antes, y después voy a casa —dije—. Escucháme, mamá. ¿Me hacés canelones? Estoy muerto de hambre.
—Claro, Dani.
—Siempre extraño tus canelones.
—Apurate, yo ahora te hago.
—Un beso.
—Chau, nene. Estoy toda temblando, apuráte.
Y la mujer colgó.

Lo miré a Chiri, que tenía la vista en el suelo. No me miraba, supongo que no podía verme a la cara. Ni siquiera se acordó de parar el cronómetro, así que tampoco supimos quién ganó. Estuvimos un rato largo en los sillones, sin decirnos nada. Media hora más tarde entendimos que en alguna parte de Mercedes había una casa, que en esa casa había una mesa, y que en esa mesa ya humeaba un plato caliente.

Nuestra adolescencia, supimos entonces, duraría hasta que se enfriaran los canelones de Daniel.
Fuente: Canelones

viernes, 25 de marzo de 2011

Anécdotas escolares

Escuela Industrial de Quilmes "Gral.Enrique Mosconi". 2ºaño.
Materia: Química orgánica.
Profesor: "Mono" Simulsmaken (o algo así).

Me resultaba fácil y entendía todo.
Toma prueba con 15 preguntas, algunas de las cuales eran dar las fórmulas de 4 ó 5 distintos compuestos.
Era para dos "horas" (45 minutos c/u + recreo intermedio de 10 min.). Total 1:40 horas.
Lo respondo en 30 minutos, pero me faltaba la fórmula de un alcohol.
Víctima de mi boludez congénita y los pocos años (14), intento ver el libro...

¡No lo alcancé a tocar y el "Mono" estaba a mi lado.
- ¡Tenés un 0!, dijo y me retiró la hoja.
No alcancé el promedio y "fuí" a diciembre con promedios 7, 8 y 4 en cada trimestre.

En la mesa examinadora había 3 "profes" tomando y me puse a "rezar" que me tomaran los otros.
Cuando me llama Ibarra entro, tratando que el "Mono" no me viera y empiezo a responder.

En un par de minutos, el "Mono" encara a Ibarra y dice:
- ¿Vos le estás tomando a éste?
- Sí -dice Ibarra-. (Allí pensé: este quiere preguntar a fondo y aplazarme).
- No hace falta -dijo el "Mono"-. Aprobalo porque éste sabe. Lo mandé a exámen por boludo.

PD: ¿Vió Don "Mono" [nunca supe (supimos) su nombre ni se escribir su apellido]? pero la enseñanza permanece.
¡Gracias!

miércoles, 23 de marzo de 2011

LA DECADENCIA DE LA AMISTAD. Por Alejandro Dolina.

Muchos pensadores han creído notar que, en estos tiempos, la amistad es mas un tema de conversación que una actividad concreta. Por cierto, es relativamente fácil encontrar personas dispuestas a componer canciones sobre los amigos. En cambio es bastante difícil conseguir que esas mismas personas le presten a uno dinero. Según parece, el sentimiento amistoso se halla en decadencia. Todos los días uno tropieza con canallas que lejos de preocuparse por la escasez de amigos, se jactan de ella. -Yo, amigos, lo que se dice amigos, tengo muy pocos, o ninguno- nos gritan en la cara. Y no advierte que el sujeto esta esperando que lo feliciten por semejante hazaña. En los años dorados de Flores, cuando alcanzaban su apogeo la comprensión, la poesía y el juego del codillo, también existían enemigos de la amistad que preocupaban a los Hombres Sensibles. Manuel Mandeb, el metafísico de la calle Artigas, colecciono algunas de sus obtusas opiniones en un opúsculo titulado maliciosamente Los amigos. Como ya es costumbre, transcribimos algunos párrafos. “… La amistad debe nacer en la juventud o en la infancia. Nuestros amigos son aquellos que aprenden junto a nosotros o, mejor todavía, los que viven aventuras a nuestro lado. Y por lo general, la gente aprende y vive aventuras en la juventud. Después casi todo el mundo consigue algún empleo en casas de comercio y ya resulta imposible adquirir conocimientos nuevos o pelearse con una patota. “…A los once o doce años, uno empieza a hartarse de la familia y encuentra que los muchachos de la esquina son mucho mas divertidos que el tío Jorge. Durante mas o menos una década nadie estará mas cerca de nuestro corazón que esos muchachos. Y si uno quiere aprovisionarse de amigos, debe hacerlo en ese periodo. Después será demasiado tarde…” Según se aprecia, el criterio de Manuel Mandeb es interesante y tal vez verdadero. Sucede que en cierto momento de la vida uno descubre que esta rodeado de extraños: compañeros de trabajo, clientes, acreedores, vecinos y cuñados. Los amigos de verdad están lejos, probablemente encerrados en círculos parecidos. Algunos empecinados insisten en cultivar amistades nuevas. Los matrimonios maduros se visitan mutuamente y desarrollan pálidas parodias de la amistad verdadera: se cuentan una y otra vez episodios antiguos, vividos con los amigos viejos, que ya no están. Cuando uno es joven no cuenta historias a sus amigos: las vive con ellos. A pesar de estas sabias reflexiones de Mandeb, existio en Flores una agencia destinada a ofrecer amistad a los solitarios. Fue la celebre Proveeduría de Amigos de Ocasión. Sus fines de lucro eran innegables. Todavía hoy se recuerda su ‘slogan’ publicitario: “Tenga un amigo desinteresado. Páguelo en cuotas”. Con solo acercarse al mostrador, el cliente ya notaba un clima amistoso y amplio. Los empleados sabían como atacar. -Buenas tardes. No sabes lo que me hizo esta mañana la bruja de mi mujer-. Y a los treinta segundos uno se sentía entre amigos. Después, entre palmadas, guiños, pellizcones y confidencias, los comerciantes iban mostrando el amplio catalogo de la proveeduría. Tenían amigos silenciosos, dispuestos a escuchar cincuenta veces la historia de una operación. Amigos complacientes, siempre amables y elogiosos. Amigos efusivos que saludaban con abrazos y se despedían a los gritos. Amigos divertidos, ruditos en cuentos picantes y expertos en bromas pesadas. También se prestaba un servicio un tanto oneroso, especialmente para personas encumbradas. Consistía en el alquiler de una cohorte de adulones que acompañaban al cliente a todas partes, se reían de sus chistes, aplaudían sus ocurrencias y suscribían con entusiasmo cualquiera de sus pensamientos. Precediendo a esta comparsa, solía marchar una corneta, que abría la puerta de los bares y asomando la cabeza gritaba: -Ahí viene el doctor Del Prete!!-. El trabajo se hacia tan bien, que muchos de los contratantes ya no podían prescindir de el nunca mas. Muchos profesionales del barrio extinguieron su fortuna pagando este servicio de la agencia. Un asunto que molestaba a los clientes era el rigor de los Amigos de Ocasión en sus horarios. Cuando vencía el plazo estipulado, se terminaba la amistad. Sin saludar, los contratados daban media vuelta y se iban, muchas veces interrumpiendo una carcajada o librándose bruscamente de un abrazo fraternal. Sin embargo, hay que admitir que algunos aspectos del funcionamiento de la proveeduría eran bastante nobles. Por ejemplo, la Sección Niños permitía que los padres eligieran a los amigos de sus hijos, sin correr riesgo alguno. Para ello se contaba con un numeroso plantel de chicos e incluso enanos, adiestrados en diferentes actitudes. Según el gusto paterno, podían encontrarse pibes atorrantes para avivar a los pequeños pelandrunes, niños estudiosos para estimular a los adoquines, y criaturas educadas y juiciosas para serenar a los más piratas. Desde luego, no pudo evitarse que muchos chicos se resistieran a la decisión de los padres. Así se oían con toda frecuencia en Flores frases como esta: - Camine a jugar con los amiguitos que le alquilo su padre, caramba!-. Asimismo existía un departamento para Damas, con un amplio surtido de chimentos. Algunos malintencionados decían que las mujeres no contrataban amigas, sino enemigas, pero ese es otro asunto. El fracaso mas estruendoso fue el de la sección Amistades Mixtas. Nada cuesta razonar que los caballeros que solicitaban amigas escondían casi siempre otras intenciones. No se espante el lector pensando que nos internaremos en un tema tan manoseado como el de la amistad entre la mujer y el hombre. Vale la pena – eso si- recordar lo que dijo Manuel Mandeb a una amiga suya, tal vez alquilada en la proveeduría. -Vea. Yo puedo ser su amigo si usted quiere. No tratare de seducirla ni me pondré romántico ni le hare propuestas indecorosas. Pero sepa que yo necesito que exista un amor potencial. Me resulta indispensable que exista una posibilidad en un millón de que algo surja entre nosotros. Le aclaro que es probable que si se da esa circunstancia yo salga corriendo. Pero es únicamente en virtud de esa remotísima chance que yo estoy aquí oyendo su conversación como un imbécil-. Los Hombres Sensibles nunca fueron buenos clientes de la agencia Amigos de Ocasión. Quizá porque sus presupuestos eran muy humildes. O a lo mejor porque les gustaba que los quisieran gratis. En cualquier caso, los muchachos del Ángel Gris tenían un criollo pudor en estas cuestiones. Para ellos andar declarando públicamente el grado de amistad que sentían por alguien era cosa de afeminados. Manuel Mandeb pasaba largas horas en la esquina de Artigas y Morón fumando con Jorge Allen, el poeta. Muchas veces ni se hablaban. Se contentaban con saber que el otro estaba allí. Ya en su última etapa, la proveeduría empezó a ofrecer viejos amigos. En un principio la idea consistía en rastrear -a pedido del cliente- el paradero de personas ausentes y lejanas. Pero como advirtieron que la tarea era demasiado complicada, resolvieron que era más fácil inventar antiguas amistades que rescatarlas del pasado. Se preparo entonces un magnifico grupo de viejos mentirosos que ante la entrada de algún candidato de cierta edad, fingían reconocerlo y le soltaban cuatro o cinco recuerdos para ir tomando confianza. Esta sección trabajaba mucho en las cenas anuales que suelen realizar los ex-alumnos de los colegios. Su misión consistía en ir reemplazando a los fallecidos y mantener siempre firme la concurrencia. Así, en cierta reunión de egresados del Colegio Nacional Nicolás Avellaneda, promoción 1921, se dio el curioso caso de que ninguno de los asistentes había pisado jamás ese establecimiento, lo que no les impidió evocar a profesores, reírse de pasadas travesuras y brindar por encuentros futuros. Con el tiempo, la actividad de la agencia fue amenguando. Contribuyo a este hecho cierta mala prensa que siempre tiene la amistad entre los espíritus escépticos. En Flores, y en todos los barrios, se contaban leyendas sobre las traiciones de los amigos y sobre las ventajas de la soledad. Todavía en nuestro tiempo hay personas que se complacen en declarar que los perros son mas leales y sinceros que los humanos. Cabe sobre esto una pequeña reflexión. Tal vez sea cierto que los perros no traicionan. Pero esto no es en realidad una virtud del animal. Ocurre simplemente, que la módica organización mental del perro le impide realizar procesos tan complicados como una estafa. Es decir: los perros no pueden traicionarnos, por la misma razón que no se les permite escribir novelas. Hoy cuando ya no existe la Agencia Amigos de Ocasión, vale la pena preguntarse si no será necesario inventar algo para reemplazarla. Sera difícil, desde luego. Nadie podrá rescatar a los amigos perdidos. Poco podra hacerse para librarnos de los desconocidos que llenan nuestro tiempo. En todo caso, cada uno de nosotros deberá cuidar lo poco que tenga. Sin componer canciones ni escribir poemas.

Se trata unicamente de sentarse un rato en la vereda o de matear en silencio con los que estan mas cerca de nuestro espíritu. Si uno no tiene ya a los de antes, cabe decir que tal vez existen en el mundo amigos viejos a los que todavía no conocemos. Yo mismo, las otras noches resolví salir de mi encierro y lleno de ilusiones me encaminé a cierta esquina que conozco. Tenia ganas de fumar en silencio junto a tres o cuatro sujetos que se estacionan en ese lugar. Pensaba ademas cosechar algun guiño amistoso despues de estos años en que estuve tan ocupado. Pero algo raro debe haber sucedido, porque no habia nadie.

lunes, 21 de marzo de 2011

El Principito - Dedicatoria

Antoine de Saint- Exupèry

"El Principito"
Con ilustraciones del Autor

A LEÓN WERTH

Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona grande. Tengo una seria excusa: esta persona grande es el mejor amigo que tengo en el mundo. Tengo otra excusa: esta persona grande vive en Francia, donde tiene hambre y frío.
Tiene verdadera necesidad de consuelo.
Si todas estas excusas no fueron suficientes, quiero dedicar este libro al niño que, esta persona grande fue en otro tiempo.
Todas las personas grandes han sido niños antes (pero pocas lo recuerdan).
Corrijo, pues, mi dedicatoria:

A LEON WERTH CUANDO ERA NIÑO


El Principito - Capítulo 1

Ir al principio <=Clic

Cuando tenía seis años, vi una vez un extraordinario dibujo en un libro que trataba sobre el Bosque Virgen, llamado "Historias Vividas". La lámina expresaba nada menos que una serpiente boa tragándose a una fiera. Aquí tenemos la copia del dibujo.

El libro decía: "Las serpientes boas capturan a sus presas y las tragan enteras, sin masticarlas. Esto, no les permite moverse y duermen durante los seis largos meses en que transcurre la digestión." Es entonces que pensé mucho sobre las aventuras de la selva y un buen día, tomé un lápiz de color y logré mi dibujo número 1. Era así:
Decidí mostrar mi primera obra maestra a la gente grande, y pregunté si mi dibujo les asustaba.
-"Por qué nos asustaría un sombrero?"-, me respondían.

Pero mi dibujo, no representaba en verdad a un sombrero. Expresaba una serpiente boa que había tragado a un elefante.

Decidí entonces dibujar el interior de la serpiente boa a fin de que los adultos comprendieran, ya que siempre necesitan explicaciones. Así quedó logrado mi dibujo número 2:
Me aconsejaron las personas grandes, que abandonara estos dibujos de serpientes boas cerradas o abiertas y me dedicara un poco más a la geografía, la historia, el cálculo y la gramática.

De este modo abandoné a la edad de seis años lo que pudo haber sido una brillante carrera de pintor. Me encontraba decepcionado a raíz del fracaso de mis dos primeros dibujos. Insisto en que las personas grandes no comprenden nada por sí mismas y es cansador para nosotros, los niños, darles siempre y siempre explicaciones.

Consideré que debía elegir otra ocupación y aprendí a pilotear aviones, volando así por innúmeros lugares del mundo. Reconozco que la geografía me sirvió de mucho. Al instante podía distinguir China de Arizona; esto es muy útil si uno llega a perderse durante la noche.

Debo decir, que así fue como a lo largo de mi vida, tomé contacto con muchísima gente seria. He vivido mucho con personas grandes, viéndolas muy de cerca. Aún así, no mejoré en demasía mi opinión acerca de los adultos.

Cuando encontraba alguna persona grande que me parecía algo lúcida, realizaba la prueba de mi dibujo número 1 que siempre he conservado y conservo aún. Me interesaba saber si verdaderamente comprendería mi dibujo. Sin embargo, siempre me respondían: "Es un sombrero". Desde ya que no les hablaba entonces de serpientes boas, ni de bosques vírgenes, ni de estrellas. Me ponía a su alcance, hablándoles de bridge, de golf, de política y de corbatas. Así es como se quedaban conformes por haber conocido a un hombre tan razonable.
Continuación en:

Capítulos siguientes acá
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miércoles, 9 de marzo de 2011

Por qué todavía no me compré un DVD.

Eduardo Galeano

Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco.
No hace tanto con mi mujer lavábamos los pañales de los críos. Los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita; los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar. Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda (incluyendo los pañales). ¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables!
Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó tirar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el bolsillo y las grasas en los repasadores. Y nuestras hermanas y novias se las arreglaban como podían con algodones para enfrentar mes a mes su fertilidad.
¡Nooo! Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto.
Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades.
¡Guardo los vasos desechables! ¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez! ¡Apilo como un viejo ridículo las bandejitas de espuma plástica de los pollos! ¡Los cubiertos de plástico conviven con los de acero inoxidable en el cajón de los cubiertos!
Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida. ¡Es más! ¡Se compraban para la vida de los que venían después! La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, fiambreras de tejido y hasta palanganas y escupideras de loza. Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de heladera tres veces.
¡Nos están fastidiando! ¡¡Yo los descubrí. Lo hacen adrede!! Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. Lo obsoleto es de fábrica.
¿Dónde están los zapateros arreglando las medias suelas de las Nike? ¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando sommiers casa por casa?
¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista? ¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros?
Todo se tira, todo se desecha y mientras tanto producimos más y más basura. El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad. El que tenga menos de 40 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el basurero!! ¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de xx años! Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII). No existía el plástico ni el nylon.
La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en San Juan. Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban.
De por ahí vengo yo. Y no es que haya sido mejor. Es que no es fácil para un pobre tipo al que educaron en el 'guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo' pasarse al 'compre y tire que ya se viene el modelo nuevo'.
Mi cabeza no resiste tanto. Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que además cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real. Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombre como para cambiarlo)
Me educaron para guardar todo. ¡¡¡Toooodo!!! Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo.
Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes y no sé cómo no guardamos la primera caquita.
¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo?
En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto.
Y guardábamos. ¡¡Como guardábamos!! ¡¡Tooooodo lo guardábamos!!
¡Guardábamos las chapitas de los refrescos! ¡¿Cómo para qué?! Hacíamos limpia-calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares. Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela. ¡Tooodo guardábamos!
Las cosas que usábamos: mantillas de faroles, ruleros, ondulines y agujas de primus.
Y las cosas que nunca usaríamos. Botones que perdían a sus camisas y carreteles que se quedaban sin hilo se iban amontonando en el tercer y en el cuarto cajón.
Partes de lapiceras que algún día podíamos volver a precisar. Tubitos de plástico sin la tinta, tubitos de tinta sin el plástico, capuchones sin la lapicera, lapiceras sin el capuchón.
Encendedores sin gas o encendedores que perdían el resorte. Resortes que perdían a su encendedor.
Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraban al terminar su ciclo, inventábamos la recarga de los encendedores descartables.
Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de sardinas o del corned beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave.
¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín.
Las cosas no eran desechables. Eran guardables.
¡¡Los diarios!! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para poner en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver ¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne!
Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque para hacer cuadros y los cuentagotas de los remedios por si algún medicamento no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos. Y las cajas de cigarros Richmond se volvían cinturones y posa-mates y los frasquitos de las inyecciones con tapitas de goma se amontonaban vaya a saber con qué intención, y los mazos de naipes se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía 'este es un 4 de bastos'.
Los cajones guardaban pedazos izquierdos de palillos de ropa (broches) y el ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en un palillo.
Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden 'matarlos' apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada. Ni a Walt Disney.
Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron: 'Cómase el helado y después tire la copita', nosotros dijimos que sí, pero, ¡minga que la íbamos a tirar! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas.
Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se tansformaron en adornos de dudosa belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de bollones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella.
Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos.
¡Ah¡ No lo voy a hacer!
Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad es descartable.
Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas.
Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero. No lo voy a hacer.
No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne.
No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo y glamour.
Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares.
De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la bruja como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva.
Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que la bruja me gane de mano y sea yo el entregado.
Hasta aquí.